Junio 16, 2019

Las desviaciones morales del poderoso

Los poderosos – en menor o mayor rango de poder - no sólo hacen más trampas, sino que las hacen de forma más natural.


Viernes 9 de Noviembre de 2018, 9:00am




No está del todo claro si las personas que ejercen cargos de poder – en corporaciones o instituciones públicas – carecen de valores éticos o si sus principios y valores son tan poco robustos, que tropiezan y caen en las redes de la corrupción.

Lo que sí es claro, de acuerdo con una serie de investigaciones de las áreas de sociología de las universidades, es que el poder, definitivamente, altera la psicología humana.  La gente que se siente poderosa piensa, se siente y se comporta de forma distinta a la gente que se siente impotente o carece de poder.

De hecho, para el periodista argentino Hugo Alconada en su libro “La Raíz de todos los males” (Cómo el poder montó un sistema para la corrupción y la impunidad en la Argentina), el poderoso se corrompe porque sencillamente se siente intocable. Se siente impune. De hecho, sostiene en su libro, precisamente, que la impunidad requiere poder. Y vá más allá al sostener que en el sistema argentino, el poder ha montado un sistema que fomenta la corrupción y garantiza la impunidad de quienes controlan las riendas del poder.

Pero lo preocupante es que, según Alconada, este “desvío” moral es circular. Es decir, alienta a la repetición de la corrupción y valida la acción inmoral, ya que quien debería estar preso por corrupto, aparece como el más astuto de todos.

“Los fiscales no investigan, los jueces no juzgan, los organismos de control no controlan, los sindicalistas no representan a sus trabajadores, los empresarios no compiten, la policía no reprime el delito y los periodistas no denuncian”, sostiene Alconada en su libro. Preocupante.

Los estudios también comprueban de manera fáctica que la gente se aprovecha de su poder, por más ínfimo que éste sea. Entendiendo que puede ser desde un salario un poco más alto que el de sus compañeros, de un puesto de mayor importancia dentro de una jerarquía, de una elevada clase social o simplemente por el hecho de disponer de más opciones para tomar decisiones.

Incluso, los estudios van más allá y comprueban que quienes gozan de una pizca de poder o ingentes cantidades, tienden a ser mal educados, torpes, intransigentes y a una clara tendencia a realizar trampas. Por ejemplo, quienes conducen coches caros (vagonetas, por ejemplo) tiende a ceder menos el paso a un peatón, o a cortar el paso a otros vehículos más pequeños.

Es más, los estudios señalan, en una serie de experimentos de laboratorio, que las personas de clase alta (sin ánimo de caer en generalizaciones odiosas y obviamente tendenciosas) tienden a mentir más durante una negociación o a hacer trampas para incrementar sus probabilidades de ganar un premio, por ejemplo. Ojo, no estoy diciendo que la inmoralidad sea de exclusividad de unos. Es de todos, lamentablemente pero más de quienes tienen poder.

Por ejemplo, los poderosos – en menor o mayor rango de poder - no sólo hacen más trampas, sino que las hacen de forma más natural. Así de contundente son las conclusiones. Asusta. Así que, si Usted amable lector cree que está libre de pecado, a lo mejor debería analizar en retrospectiva su vida y verificar si cuando tuvo poder o dinero o mayores opciones de decisión, se sintió impune de hacer una trampa en desmedro de sus compañeros o amigos.  

Pero entonces, ¿De dónde nace la tendencia inducida por el poder de comportarse de forma no ética? Los resultados de las investigaciones nos dicen, en primera línea, que el poder reduce las inhibiciones y aumenta el egocentrismo. Así de simple y claro.

Primero, el poder desinhibe a la gente, que a su vez se vuelve menos dispuesta a respetar las normas sociales y aprovecharse de sus acciones para su propio beneficio.

Segundo, el poder aumenta el egocentrismo, que a su vez tiende a hacer que la gente poderosa priorice más sus propias necesidades sobre las necesidades de los demás.

Por ejemplo, la gente que gana menos de 25.000 dólares (unos 22.800 euros) al año dona el 4,2% de su sueldo, mientras la gente que gana más de 150.000 dólares (unos 137.000 euros) al año sólo dona el 2,7%. Osea, que, además, hasta nos volvemos egoístas y avaros.

¿Qué nos queda como sociedad? Incidir en los valores que viene de la familia. Políticas más estrictas de control social. Castigos ejemplares y justos a quienes cometieron actos de corrupción. Desmoronar y desmontar la impunidad y golpear de frente a los ególatras de turno.

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