Junio 19, 2019

La vida oculta de un prostituto

No existen cifras, ni reglas, cientos de hombres se suman al antiguo mundo de la prostitución. La revista Oxígeno publica el encuentro de una periodista y el trabajador sexual.


Jueves 17 de Enero de 2019, 7:15pm




La Paz, 17 de enero (Ángela Carrasco- Revista Oxígeno).- Es jueves por la noche. Las manecillas del reloj dan las 20.17 horas,había acordado  encontrarme con una entrañable amiga en un reconocido café de la plaza Abaroa; durante mi espera, la escultura “perfecta” de un hombre de 26 años, parado en una de las esquinas del lugar, captó mi mirada, era imposible no dejar de verlo, no sólo por su vestimenta sino también por el cuerpo bien trabajado, su rostro bien cuidado y una barba espesa y bien peinada, tranquilamente pasaba por un actor de esas telenovelas turcas que están tan de moda.

El “monumento” atrajo mi atención y de otras mujeres quienes intentan coquetear con él, pero éste, sólo hace un gesto de sonrisa mientras continua la espera, de pronto un vehículo rojo se para frente a él, baja la ventanilla y con la cabeza invita a joven a ingresar al vehículo. Él no lo piensa dos veces y sube al motorizado mientras se aleja, momento justo  en el que llega mi amiga al café.

Luego de una larga charla de tres horas con mi amiga, es hora de la despedida y justo en ese instante, lo vuelvo a ver en la misma esquina y esta vez se queda distraído con un celular IPhone 7. Eso confirma mis sospechas, se trata de un prostituto. Es cuando despido a mi amiga y me acerco a él como una clienta.

Pese a que lo pienso más de dos veces, sólo atinó a decir ¿cuánto?, y él, como si me conociera, me contesta—“600 Bs la hora”—sonreímos, paramos un taxi y nos dirigimos a los conocidos moteles que existen por el sector. Él me dice, que el servicio no incluye el precio del motel, mientras le contesto—“tranquilo, lo cubro todo”.

“Me dicen Alex, pero nunca te vi por este lugar, ¿es la primera vez que contratas servicios?”, pregunta mientras intenta romper el hielo.

Digo que sí, sonrojada pero luego el ambiente se pone ameno y entre risas y pláticas para conocernos llegamos al motel. Por el modular una mujer saluda mientras sugerimos al chofer del móvil que pida una habitación “Fantasía”, y la respuesta es—“pase a la 14”.

Ya en la habitación el muchacho comienza a explicarme de sus servicios— y pese a la tentadora oferta le digo sólo quiero alguien con quien charlar. Él _muy caballeroso_ dice  que ese servicio es menos al primero acordado.

Ya roto el hielo y con un poco más de confianza le digo que soy periodista y que me gustaría reflejar su historia. Él, desconfiado pero con una mueca de sonrisa, afirma—“¿cómo las  bitácoras de los prostitutos del mundo? Si es así puede ser pero anda de fotos”—mientras comienza su relato.

"Mi seudónimo o identidad que uso en este trabajo es Alex, tengo 26 años y no soy puto, no me gusta que me digan así soy un trabajador como cualquier otro, que hace esto por necesidad para estudiar y ayudar a mi madre".

Nació en La Paz,  pero su niñez y adolescencia vivió en Cochabamba, sin embargo cuando él estaba en la promoción su padre abandonó a su madre con sus otros 2 hermanos.

“Mi madre se vio sola, pero nunca bajó los brazos, en el barrio en el que vivíamos abrió un pequeño salón de belleza y yo le ayudaba lavando el cabello, cobrando, limpiando, siempre me gustó la idea de verme bien, y fue por eso que le dije a mi mamá que abriera un salón”,--enfatiza—Un día un amigo le ofreció trabajar en una discoteca.

“Era un boliche de El Prado cochabambino, justo para la fue esta de comadres, y como me vieron bien parecido, unas chicas me dijeron que podrían pagarme por un show, aún no tenía músculos (ríe), solo tenía cuerpo digamos, y fue así, empecé como bailarín. Esa noche creo que recaudé 1500 bolivianos solo con el show de baile, me agradó la idea de ganar el dinero con mi cuerpo, entonces lo hacía más seguido”.

Explica que nunca se promocionó en el periódico, pues no quería que su madre se enterara, el trabajo que tenía y que hasta ahora desconoce. “Entraba a Facebook a las páginas de los boliches y anunciaba si querían un strippers, luego en grupos de despedidas de solteras, todo era de manera tecnológica en cuanto a contacto y clientela, en cuanto  a mis cuidados personales me ejercitaba de forma artesanas, con pesas hechas con arena en mi casa y cosas así”.

Un día una mejor oferta llegó a su vida, una de las solteras le dijo que pagaría por estar con él y la propuesta fue de 3.000 bolivianos.  Fue entonces que vi que los ingresos de mi madre podrían mejorar y que incluso podría comenzar una carrera.

La idea estaba vagando en su cabeza, pero había inconvenientes pues todas sus amistades y familiares vivían en la Llajta, es así que le dijo a su mamá que vendría a La Paz para estudiar  fue así que hace dos años que está en la sede de gobierno prestando sus servicios, y mandando cada semana dinero a su madre.

“Al principio me daba vergüenza porque no es lo mismo la gente de Cochabamba que en La Paz, acá la cosa es diferente, son mujeres exitosas muchas de ellas lindas pero según lo que me cuentan no quieren tener un amorío serio”.

Desde veinteañeras hasta clientas que rozaban los cincuenta, el papel del “adolescente virgen” era el que más lo ayudaba a llenarse los bolsillos, primero en los show bailables, cuando cobraba 100 dólares la hora como precio mínimo y este dependiendo de las exigencias, sobre todo en las despedidas de solteras y en las fiestas de comadres hasta los 300 dólares por hora.

Pese a lo tentador del dinero, decidió alejarse del comercio sexual: se sentía “sucio”, es por eso que ahora el negocio sólo es para sus contactos vía WhatsApp. Actualmente pertenece a una reconocida agencia de modelos, pero no descarta que pueda volver a participar de ella. “No era fácil, pero ¿a quién no le gustaría que le pagaran por tener sexo?”, manifiesta.

La voz oculta de los clientes

Más camuflados que los propios prostitutos, son los clientes de éstos. Mujeres y hombres que por distintos motivos llegaron a contratar algunos de sus servicios, terminando todos de la misma manera.

Al preguntar sobre porqué lo busca la clientela, él explica que “le dicen que es un cómplice en la cama, un oído amigo pero sobre todo porque le confianza que (ellas) jamás encontrará a alguien con ese tipo de cuerpo”, destacando los atributos físicos como lo que más le gusta del servicio sexual.

Aclaró “no sólo para servicios sexuales sino en shows privados, despedidas de solteras ahora las mujeres se ‘costean ‘esos gustos”

La entrevista concluyó  con un silencio cuando se le preguntó si le gustaba su estilo de vida. “Sólo puedo decir que esto se acabará, el día que apague el celular donde están mis contactos, por ahora me estoy abriendo campo como modelo y ya después seré un ingeniero comercial”. Y así pedimos la cuenta y un nuevo taxi nos llevó a la plaza donde quedó a la espera de una nueva clienta.

Actualmente en Bolivia no existen una cifra exacta de cuantos hombres prestan servicios con su cuerpo  sin embargo están amparados por un proyecto de Ley de Regulación del Trabajo Sexual que establece la confidencialidad de las personas que brindan servicios sexuales para evitar cualquier forma de maltrato y discriminación.

Por ahora, el campo se expande más allá de los límites, para los cientos de prostitutos que día a día se ganan la vida explotando su importante, preciado e inseparable recurso: su cuerpo.

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