Abril 20, 2019

La novela (literaria) del caso Zapata

Pues, de tanta liviandad (descontando el sospechoso y sospechado tráfico de influencias que amenazó la estabilidad del Gobierno) transitamos, en semanas, a un inquietante thriller pletórico de enigma, drama, suspenso, personajes oscuros y tensión mediatizada.


Miércoles 22 de Junio de 2016, 3:30pm


“Mentira” es, hoy, la palabra favorita, pero, ¿recuerdan el principio de esta historia? ¿Al andino de hormonas amazónicas chateando desde una lancha de enamorado en Trinidad con la joven dispuesta a pagarle sus aguachentas atenciones con soberanos piropos porque él, para ella, era “mi rey”? ¿Le resulta una cara conocida? Pues, de tanta liviandad (descontando el sospechoso y sospechado tráfico de influencias que amenazó la estabilidad del Gobierno) transitamos, en semanas, a un inquietante thriller pletórico de enigma, drama, suspenso, personajes oscuros y tensión mediatizada.

El policiaco es en la literatura un género único que se alimenta de la cabeza del lector; hay en él un misterio por desvelarse en medio del nerviosismo que provoca la intriga. Si contiene elementos como corrupción, muerte, algún carismático, alguna esquizofrénica, un trío de amantes en el que uno sea presidente, uno interpelado-interpelador y la tercera en discordia una rubia de tintura, ex mala alumna, abogada sin título con escritorio prestado en un ministerio y vínculos en la China, habrá pipocas reventando por lo que dure la novela.

Esto es lo que le cuesta digerir al Gobierno, que la realidad supere a cualquier ficción. Durante meses los periódicos han ocupado sus portadas con el caso Zapata, respondámonos todos: ¿era su misión establecer si Zapata mentía o decía la verdad, o su labor le demandaba hacer seguimiento e informar —sin valoraciones morales— lo que iba sucediendo en la novela, hoy antes que cualquier otra, policial? A considerar: Uno, la historia no es de ficción, más allá de que algunos de sus protagonistas tengan inclinación por la falsedad; y dos, el periodismo no se inventó nada.

Ahora bien, después de las declaraciones contradictorias, nadie puede asegurar si Zapata congenió con su(s) amante(s) en el poder como parte de un ardid oficialista; si empleó sus encantos más o menos naturales para burlarse de su(s) amigo(s) íntimo(s); si sus abogados le hicieron meter la pata con su hijo (que es un enigma aparte); si ella engañó a sus abogados (por lo menos a uno). ¿Cuál fue el verdadero papel que jugaron las Fortún? ¿Por qué una va a la cárcel y la otra se suicida al día siguiente? Y la oposición, visitando a Zapata varias veces, ¿para qué?

Cuando el Gobierno, preparando el terreno para una abierta persecución judicial contra periodistas, sale a denunciar —sin pruebas— la existencia de un “cártel de la mentira” o de una “mafia mediático-política”, en lo que parece ser parte de una ininterrumpida estrategia —si no una rara manía— de sacar etiquetas de la galera para que la conferencia de prensa de turno fuera todo un suceso, en realidad está dando espectáculo y triste, además, porque la gente sabe que esa clase de rótulos magnifican pero no validan una idea per se.

De nuestro lado no hacen falta hidalguías, a los periodistas no se nos caería ningún anillo si reconociéramos el show que gira en torno a Zapata (no inventado mediáticamente) y que a veces ha descendido al nivel de aquel otro espectáculo político. Por lo demás, en la era de las telecomunicaciones no existe forma de que desaparezcan las genéticas declaraciones del Presidente reconociendo haber tenido un hijo con Zapata, o las oficiosas del Vicepresidente confirmando que Morales conoció a su “hijo” y que este incluso llegó a enfermarse, entre otros pasos en falso del Gobierno.

En medio de las teorías de entelequia aparece la justicia, que actuando en función a las necesidades de un partido no es tal y por eso nada podemos esperar de ella.

Mientras, esperamos el final de la novela cuyo punto final, con el pesar del Ejecutivo, es legalmente imposible que llegue por decreto. Aunque el Congreso ya debe estar buscando el escritor que redacte la norma para viabilizar tal patraña literaria.

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