Febrero 18, 2018

La felonía chilena

"La clase política chilena, sus gobernantes  y su diplomacia, siempre fueron los maestros de las cortinas de humo”. Bolivia, por la razón y no por la fuerza, enfrenta una nueva batalla (ante La Haya) en  la guerra más larga que la historia de la humanidad…la Guerra del Pacífico.


Domingo 21 de Enero de 2018, 11:30am


Desde 1840, empresarios y gobernantes chilenos intentaron conseguir concesiones mineras para explotar nuestro Litoral. Muchas fueron negadas; sin embargo, Melgarejo sucumbió ante los halagos de los empresarios chilenos y el 18 de septiembre de 1866, la Legación Boliviana en Santiago “otorga a los empresarios Samuel Ossa Borne y a Francisco Puelma derechos para ‘explorar’ (léase bien: explorar) nuestro litoral en busca de Salitre y Guano”. Sin embargo, una expedición secreta (tal como describe y documenta el historiador chileno Óscar Bermúdez Miral, en su libro Historia del Salitre-1963) realizada por estos mismos empresarios, devela que estos ya habían descubierto grandes salitreras, cobre y guano en 1860 en Antofagasta y Cobija. Es decir, cuatro años antes de la orden de Melgarejo.

Otro caso similar es el de los hermanos Domingo y Máximo Latrille, quienes entre 1841 y 1843 encontraron grandes depósitos de guano, plata y cobre en Antofagasta y Calama. Máximo buscó personalmente al presidente Jorge Córdova para solicitar un permiso especial para “explorar” nuestros territorios en 1857. Pero 13 años antes, ya habían realizado recorridos por nuestras tierras descubriendo cobre, plata, oro, y, además, salitre. Córdova negó la concesión, para esa época los minerales de las caletas peruanas  y bolivianas ya eran exportados por empresarios chilenos sin dejar beneficio alguno para estos pueblos.

Ossa y Puelma, según documentos que expone Bermúdez,  explotaban abiertamente nuestros recursos desde 1857 a pesar de no tener concesión alguna. La concesión que cedió Melgarejo permitió a Ossa “explorar y explotar todos los recursos de nuestro litoral por 15 años en caso de que se descubriera algún mineral”.  Así Ossa y Puelma fundaron La Sociedad Exploradora del Desierto de Atacama, en territorio boliviano.

Los historiadores bolivianos y peruanos coinciden  en tres  aspectos cuando analizan la Guerra del Pacífico: Primero, Chile conocía el tratado de defensa entre Perú y Bolivia seis años antes de la invasión a Antofagasta. Pues a dos semanas de haberse firmado el acuerdo, el diplomático chileno Carlos Walker Martínez consiguió una copia del documento. En noviembre de 1873, el embajador de Chile en Argentina, Blest Gana, consiguió otra copia mediante su colega  brasileño el Barón de Cotegipe.

Segundo, las condiciones sociales, políticas y económicas de nuestras naciones eran paupérrimas. En Perú, pero mucho más en Bolivia, pequeñas oligarquías familiares dedicadas a la minería, que se codeaban con las logias chilenas y europeas, controlaban todas las formas de poder. Una clase política-militar a-patria gobernó nuestros países. Tanto  Manuel I. Pardo (presidente del Perú y Daza en Bolivia) se formaron militarmente  ‘apagando incendios’; cuartelazos, caudillaje y borracheras en masa eran la constante en nuestra clase política. 

Tercero, Chile desde 1857 sabía perfectamente que jamás podría desarrollarse como país soberano, económica y políticamente sin expandirse hacia el Norte para apoderarse de las salitreras, el  guano,  la plata, y el cobre que hasta hoy es la fuente viva de su economía.

Urge en estas fechas, en cercanías del 14 de febrero, recordar a los detractores de Daza y a la única unidad militar boliviana que hubiera cambiado el rumbo de la historia: la ‘5ta. División’ dirigida por N. Campero. El hecho de que Daza hubiera  ocultado o no la noticia de la caída de Antofagasta no cambia(ría) para nada el curso de los hechos. Sin ejército regular, ni recursos económicos para comprar armas (cañones,  barcos de guerra) 9 mil soldados  harapientos se hicieron presentes en Tacna.  Un 90 por ciento descalzos que a plan de coca, harina y papa  cruzan los Andes para llegar al desierto más árido del mundo.

Historiadores como Bulnes, Mackenna, William Sater, y el mismísimo general Buendía, estratega del Ejército peruano, admiten que ‘las falencias materiales del soldado boliviano y de sus mandos superiores fueron compensadas con su valor y entrega en todas las batallas’. La ‘5ta Columna’ dirigida por Campero era la única unidad boliviana que gozaba de alimentación diaria, carne, frutas, verduras, armamento nuevo y prediarios. Los pertrechos asignados les  permitían caminar 12 días en cualquier condición climatológica: pero las revelaciones hechas por los coroneles  Morales, Estenssoro y Apodaca demuestran que Campero aceptó (que la 5ta. Columna, que debía ya estar camino al frente de batalla) quedarse en la hacienda de la empresa minera Huanchaca-Tomave, de Aniceto Arce. Estos coroneles  describen con lujo de detalles, que en medio de una borrachera el amigo íntimo de  Campero, Manuel V. Alba, les confiesa que (…)”Arce  ofreció la presidencia a Campero y que la 5ta. Columna no irá a Tarapacá, ni a Calama…van a  Oruro” (Murillo, Raúl: La Quinta División”-pág. 61-63).

De San Francisco a Tarapacá; de Antofagasta a la  toma de Lima, la Guerra del Pacífico debe ser  dirimida en la vía diplomática y como diría Demetrio Canelas: “la clase política chilena, sus gobernantes  y su diplomacia, siempre fueron los maestros de las cortinas de humo”. Bolivia, por la razón y no por la fuerza, enfrenta una nueva batalla (ante La Haya) en  la guerra más larga que la historia de la humanidad…la Guerra del Pacífico.

El autor es periodista, sociólogo del Centro de Información Estratégica-Washington, DC.