Mayo 26, 2019

Así despidió Jaime Bayly a Alan García

Ambos se prodigaron un inteligente sentido del humor, nunca exento de acrimonia. Se extrañarán sus dardos corrosivos, su furia reprimida y, algo muy importante, su alto rating.


Lunes 6 de Mayo de 2019, 11:00am


Jaime Bayly, irreverente entrevistador, saleroso novelista y frustrado político, mantuvo con Alan García una relación de enemistad que se fue distendiendo en la última década más a fuerza de madurez que de ánimo. Habían alcanzado ese punto de cordialidad cercano a la hipocresía condenable desde la moralina en cualquier ser humano salvo en personalidades como las suyas, de virtudes repartidas, entre libertinas y profesionales que, inmodestias de ambos aparte, hubo de granjearles su permanencia mediática, al margen de sus diferentes (pero no tanto) habilidades comunicacionales.

El “late night show” de Bayly —que se puede ver en YouTube— lleva su sello: un “inteligente” cinismo desenfadado que se aprende a tolerar con el paso de los programas, una vez que uno entra en sintonía con su amoralidad y, sobre todo, acepta que nada, menos aún la política, es tan importante como para tomárselo (tan) en serio. La noche de la muerte del expresidente peruano le dedicó un programa, a mi criterio, sin desperdicios como pieza de ironía en televisión y también como ejemplo de una astucia tal vez solo quebrantada, o fomentada inconscientemente (la inconciencia del cínico, con todo cariño), en dos pasajes en los que el conductor se esforzó por aclarar que no celebraba el trágico final de su “ex” enemigo. La sola necesidad de tener que aclararlo ya invitaba a sospechar, pero esto —para salvedad del cara-de-bueno de Bayly— pasa siempre que se mueren los enemigos que dejaron de ser tales y entonces se convierten en algo incalificable que no es otra cosa que la estela de la ausencia definitiva de aquellos que acaso amamos y después odiamos, y después ya no.

El otrora alegremente promiscuo Bayly está acostumbrado a destrozar con elegancia literaria a sus adversarios, muchos de ellos —en justicia— gratuitos (no sería el caso de Alan García); por algo le llaman el “chico malo” del periodismo en Perú. Lo interesante de él es que canaliza esa “maldad” con una burla insidiosa que va desarrollando tenaz y acompasadamente mientras achina los ojos, frunce los labios y entremezcla la (mala) vida ajena con la (peor) propia, en delicada —pero a veces también repugnante— perversión. Subyuga con su extraña táctica de empequeñecerse colocándose en posición de gata inofensiva que de un momento a otro arroja un zarpazo de león, sin perder la sutileza. Eso sí, dada su viciosa tendencia a la felonía, yo no lo aplaudiría; nada más que al César lo que es del César.

Como lo suyo es la causticidad, cuando se refiere a la desventura de García con un aparente manto de piedad, abre una legítima duda de que (todavía) estuviera buscando venganza; al fin y al cabo, un enemigo “perdonado” no deja de ser —a falta de categoría mejor— eso: enemigo. Más, supongo, si la razón de la enemistad fuera una orden de despido mediante el uso del poder. Bueno, eso dijo Bayly (todavía dolido, al límite del resentimiento) que hizo García con él. Y esto, claro, aquella noche sonó a golpe bajo contra alguien que se estrenaba en la condición de no poder defenderse.

Compartían en partes iguales un ego y una soberbia descomunales, y esta quizá fuere la causa esencial de aquel distanciamiento que en los últimos años, dice Bayly, se había acortado gracias a su madre, la causa exclusiva, a la vez, de su tierno pero recalcitrante Edipo. Ocurre que, según contó la noche de los honores a García, el exmandatario y su madre (la de Jaime) se habían hecho, vaya picardía, amigos. Tal como más o menos pasó entre ellos si, de acuerdo con lo que reveló entre sus varias infidencias, Alan hasta le aconsejó que no desistiese de su candidatura presidencial, que “la plata (para la campaña) llegaría sola”.

Ambos se prodigaron un inteligente sentido del humor, nunca exento de acrimonia. Se extrañarán sus dardos corrosivos, su furia reprimida y, algo muy importante, su alto rating.

Fuera de todas estas consideraciones, la magnífica lectura que hace Bayly de las circunstancias de la muerte de García vuelve imperdible el programa en cuestión. Y posiciona definitivamente a Jaime como un tipo despreciable al que es posible llegar a adorar.

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