Mayo 27, 2017

La palabra puta ya no me ofende

La periodista Olga Yegorova escribió un amplio artículo sobre el mundo de la prostitución en La Paz. Ella ha compartido con trabajadoras sexuales, logró conocer las historias que ellas esconden cuando tienen que hacer pieza. "Antes que ser trabajadora sexual, soy una mujer", con ese código mantienen sus principios.


Domingo 11 de Diciembre de 2016, 5:30pm


La Paz, 11 de diciembre (Olga Yegorova para la revista Oxígeno).- “Hijo(a) de puta”, es considerado- tanto en Bolivia como en Alemania, mi país de origen-, como uno de los peores insultos en la sociedad actual.

Sin embargo, si hoy alguien me llamara así no me sentiría atacada, pues en las últimas semanas no sólo tuve la oportunidad de conocer a esos niños, adolescentes y jóvenes -todos muy inteligentes, bien educados y talentosos-, sino que también conocí a sus mamás, las supuestas “putas” o, como está bien dicho, trabajadoras sexuales.

Comimos tortas y tomamos café, caminamos por las calles, festejamos el cumpleaños de sus hijos y también las acompañé a su trabajo durante varios días y noches. Así, logré  entender los sueños y las luchas de cuatro trabajadoras sexuales de La Paz y también la mochila de culpa que cada una de ellas carga por ejercer este trabajo. 

Pues casi nunca su familia se entera que realizan ese trabajo. Cuando pasean por las calles, cuando están con sus niños y amigos, tienen un nombre y una vida aceptada por su entorno social. Pero cuando es hora de trabajar ellas cambian de ropa, usan mucho más maquillaje y asumen otra identidad. Cambian sus nombres a Melanie, Roxana, Elsita y Cochita. Para proteger sus identidades nos quedaremos con estos nombres.

Las salas de luz roja

Mi primera estación fueron las “salas”, como les llaman las trabajadoras sexuales, que están a una cuadra de la plaza Alonso de Mendoza, en la ciudad de La Paz. Al entrar por la poca llamativa puerta de metal, una luz roja pinta el ambiente de un color sensual, tratando de esconder los muebles viejos, los suelos sucios y el ambiente frío.

Al pasar unas horas en estas salas, vi varios hombres entrar y salir por la puerta de metal.

Algunos vienen después de tomar algunos tragos, la mayoría mayores de 45 años; otros están absolutamente sobrios, bien vestidos, incluso amables, ellos oscilan entre los 20 y los 30 años.

Cada vez que me veían, se ponían un poco irritados. Tal vez se preguntaban si yo igual estaba disponible. Supongo que mi chompa enorme, mi cara sin maquillaje y mi peinado desordenado no les dieron la impresión de que yo pudiera ser una opción más.

Hablar de “opción” es la palabra correcta en este contexto, puesto que las mujeres que están disponibles, salen arregladas y en ropa interior a presentarse en fila al cliente. Éste elige la mujer con quien quiere tener sexo.

Al contrario de lo que se podría esperar, no siempre la más joven o la más flaca es elegida. No era raro que un hombre eligiera a una mujer mayor y gordita. Parece que allí, en un ambiente escondido del ojo de la sociedad, la diversidad de preferencias sexuales no se reprime. 

Roxana y Melanie, las dos mujeres a quienes acompañé, salieron algunas noches con el bolsillo lleno – después de siete a 15 piezas – y en otras, sin un peso. Sin embargo, el trabajo sexual en sus salas nunca duerme, ni de día, ni de noche.

Melanie y su pasión por la historia

Melanie sabe más sobre la historia alemana que yo. Después de unas charlas, la falta de conocimiento de la historia de mi propio país me daba vergüenza. Pues a Melanie le fascina la historia y, en general, la literatura.

Cuando vi a Melanie por primera vez, me intimidó su apariencia fuerte y la seguridad en sí misma. Después de conocerla, entendí que la vida le exigió tener esa fuerza. 

“Soy madre de cinco hijas, jefa del hogar, una persona que tiene amistades en la sociedad. Como Melanie soy otra persona, tengo que usar más maquillaje, otro peinado, soy la dama de la noche. Lo primero que aprendemos es a mentir. Mi familia piensa que hago negocios porque no quiero que mis hijas piensen ‘si tú haces esto, ¿por qué no yo?’, relata Melanie.

Hace 10 años que Melanie se quedó sola con sus hijas, después de que su marido la abandonara. Tras haber tenido su primera hija en la universidad, no pudo salir profesional.

Después de haber vivido medio año en un refugio de mujeres, un amigo le propuso: “Virgen ya no eres, joven tampoco, sabes tomar. Anda a trabajar como prostituta”. Él la acompañó y hasta le encontró un local. Pero luego le pidió compartir sus ganancias con él.

Apoyada por sus compañeras del local, Melanie cambió la sala, cambió su número de teléfono y cortó el contacto con el hombre.

 “Cuando entré por primera vez con un cliente yo ni sabía cómo usar el condón. Me mordí los labios y pensé ‘tengo que hacerlo por mis hijas’. El cliente terminó y yo salí de la pieza, casi desnuda, fui al baño y me puse a llorar como tonta. Hasta que una de las chicas me vio y preguntó: ‘¿Es tu primera vez?, ya se te va pasar, no te preocupes’. Ella me limpió, me arregló otra vez, las compañeras me maquillaron y dijeron ‘a todas nos pasa’. A pesar de toda la competencia, el compañerismo entre las trabajadoras sexuales es primordial”, asegura.

Con el paso del tiempo los temores y los sentimientos de asco pasaron. Para ella el ser trabajadora sexual es un trabajo más.

“Te sirve, te estabiliza económicamente, te acostumbras. De hecho, a veces pasa que tus clientes se vuelven tus amigos también”, asegura.

10 años después de la primera vez, dos de sus hijas salieron profesionales, tres todavía estudian en el colegio y la universidad.

Yo conocí a dos de ellas durante una fiesta familiar, son chicas curiosas y llenas de luz.

Roxana, amante del cine

El lugar favorito de Roxana es el Multicine. Ver películas es lo que ella más disfruta. Además, le gusta pasear por las calles de La Paz, su ciudad natal, y  también disfruta tomar un buen café. Por eso, nos encontramos en una cafetería en la calle Sagárnaga.

Cuando la veo por primera vez, ella está mostrando su nuevo color de pelo a una compañera, contenta con el cambio de negro a café. De las chicas que conocí, ella es la que menos a gusto está con su trabajo.

Roxana solamente lleva siete meses como trabajadora sexual. Empezó cuando su mamá falleció. Al ver que su papá tuvo otra mujer una semana después, ella y su hermano menor se fueron a vivir en un alojamiento.

“Empecé a trabajar en pensiones lavando platos, pero nos faltaba mucho”, dice. 

Fue en ese momento que una de sus amigas la llevó a una de las salas, donde, primero Roxana solamente observó el trabajo de las otras chicas. “Ahí me animé a trabajar. La primera vez fue horrible. No volví dos semanas a hacerlo. Después vine sola de nuevo, tenía que estabilizarme económicamente”, relata. Ella no disfruta el sexo que tiene con sus clientes, para ella es solo un trabajo. 

“Imagínate, que estás con un hombre que no conoces. En una noche tuve hasta 15 piezas. Eso no lo disfrutas, lo haces porque es tu trabajo”, señala con notoria seriedad en su rostro.

A pesar de la intimidad física que ella comparte con sus clientes, Roxana nunca los besa. Solamente su pareja, un chico que ella conoció hace unos meses, tiene el permiso para besarla. “Si él, mis amigos o mi hermano supieran que trabajo aquí, me escaparía a otra ciudad. Lo perdería todo”, explica la mujer de 20 años.

Por ahora, Roxana decide continuar con el trabajo sexual, por lo menos hasta que logre apoyar a su hermano a terminar el colegio. “Tengo que sacar adelante a mi hermano. Recién cuando él salga del colegio puedo pensar en ir a estudiar”, asegura . Segundos después se despide, pues hoy tiene una cita con su novio, a pocas cuadras del café.

Los estigmas de la sociedad

Antiguamente, a las prostitutas bolivianas las obligaban a usar el mantón negro que caracteriza los registros fotográficos policiales de los años treinta como prenda distintiva. Años después se les asignaron espacios particulares a los lenocinios. Se quería separar a las “prostitutas”, vistas por naturaleza distintas a las mujeres “normales”.

Hoy, la venta del servicio sexual es un vacío legal en Bolivia. El ejercicio del trabajo sexual no está prohibido, aunque tampoco hay normativa que lo regule.

La única regulación consiste en tener el carnet sanitario que cada trabajadora sexual tiene que mostrar. Esto es como una “prueba” que implica la posesión de condones y salud física, así el cliente se puede sentir en “buenos manos”, mientras las personas que ejercen el servicio sexual nunca saben con quienes entran a la habitación.

Eso sí, el trabajo sexual aún está considerado como dinero fácil, pero la realidad muestra algo muy distinto, así lo asegura Tereza Cruz, la presidenta de la Red de las Trabajadoras Sexuales (RedTra Sex) de la ciudad La Paz. 

“Hay espacios donde no tienes luz, no tienes agua, ni servicios higiénicos, las camas, las sábanas y los colchones están sucios. El trabajo sexual no es indigno, las condiciones son indignas. Por eso, queremos normas que obliguen al dueño que se encargue de condiciones en las salas donde se ejerce el trabajo sexual”.

Según Tereza Cruz, la violencia contra las trabajadoras sexuales aumenta con la falta de normas para los lugares donde se ejerce el trabajo legal. Desde su propia experiencia, Laritza cuenta cómo la policía trata a las personas que denuncian estos casos.

 “Cuando te pegan o te violan los oficiales y sobre todo los policías quienes reciben la denuncia te cuestionan. ‘Eres puta. Si estás ahí es porque te gusta ¿Por qué te quejas?’. Por el hecho que sea trabajadora sexual, no me pueden violar. Yo decido con quien sí y con quién no. Antes de ser trabajadora sexual yo soy mujer. Pero en vez del apoyo moral que mereces, te cargan con la mochila de la culpa.”, relata.

Pero no solamente las instituciones, sino también los estigmas del entorno social dificultan las vidas de trabajadoras sexuales.